mal amor
“La herida es una violación, una fisura en la piel y el acto de mirar dentro de ella”
_ Traumacore, Núria Gómez Gabriel
Viví un tiempo en una casa con alguien que se creía dueño de ignorar mi pena. Teníamos un balcón pequeño que confrontaba otro balcón muy próximo en el edificio de enfrente. En ese balcón vivía un gata, todos los días maullaba, yo fumaba mirándola. Fumaba más de lo que me apetecía para encerrarme en el balcón — o más bien salir del encierro de la convivencia — y sólo la miraba. Ella parecía estar siempre sola, por elección o a la fuerza. Fue evidente que por eso nos buscábamos. Nos acompañábamos, salíamos, a veces ni siquiera nos mirábamos, bastaba con saber que la otra acudía a nuestros encuentros. Aprendimos a mirarnos, a mirar lo que nos era inalcanzable y a que nos fuera suficiente con eso.
Un cuerpo dormía conmigo todas las noches. Un cuerpo que a veces hablaba, muy pocas. Administraba sus palabras como pequeñas perlas guardadas a buen recaudo. Las dosificaba, decía lo justo para demostrar que estaba vivo y cortaba las frases en seco si se sentía decir demasiado. Traté de aprender a comunicarme con un cuerpo semi mudo, que cuando le decía de más me daba la espalda, que cuando le pedía de más me escupía sus perlas.
Para qué me otorgas un lugar si me detestas, ¿necesitas una prolongada llaga en tu lenguaje?
Maullaba. Esa gata me devolvía mi propia imagen de soledad. Abría y cerraba las manos y le pedía ayuda, pero yo no conocía la lengua de los gatos ni ella supo nunca articular palabra. Parecía que jugáramos un partido de tenis tratando que la otra fuera la última en quedarse con la pelota del abandono. El abandono como ejercicio físico hacía que divagara entre la vergüenza y la autoproclamación de mí misma. Idealicé mi pena porque me impulsó. Me sentí gloriosa y repleta de desconsuelo, marginada gata, no supe usarlo.
Recuerdo cortarme con el filo de un cuchillo y ver por primera vez sus iris reflejados entre mi carne y la katana. Recuerdo notar que me miraba con ojos de testigo, partícipe, espectador y crítico cuando ni siquiera me miraba, porque nunca me miraba. Los cuerpos no miran.
Querías que me disociara de mí misma. Que me convirtiera en otro cuerpo exánime. ¿Lo estás disfrutando?
Había tantas cosas en esa casa que no me pertenecían. Ni siquiera el cuchillo era mío, ni siquiera la herida me correspondía. Fue desolador el corte y reconfortante el dolor, al fin en mis manos un dolor nuevo, fresco, insondable, ajeno.
Gata mía. Me fui de ese intento de hogar sin entender su pena y ella se quedó, desconocedora de lo mucho que amparó la mía. Sentí durante mucho tiempo toda mi carne desgarrada, como si hubieran tenido que realizarme una autopsia para ver todo lo podrido que quedaba de él en mis entrañas y extirparme el dolor antiguo. No era tanto el recuerdo de sus silencios sino la sensación física de arrastrar las almohadillas de los pies hasta dejarlos en carne viva. Así sentí esos meses de mal amor.
Toda mi memoria de esos días hoy se escurre, la suplanta mi nueva vida, mis dos gatos, que son míos, que se saben todas mis tristezas porque a ellos sí puedo contárselas de cerca. Puedo mirar esas dos ciudades de frente: la del ficticio Amor y la que recogió al devastado y vacío cuerpo en el que me convertí.
Lo que queda de querer desmembrarme es una cicatriz perpetua, ahora blanquecina, habitante de mi dedo índice, memoria de otros cuerpos que transitaron el mío.
Niño herido, si te vuelvo encontrar ya no desearé tener
los ojos cerrados para no verte denigrarme.



qué maravilla de experiencia fue oírte leer este texto, y qué suerte poder volver a él siempre, a ese balcón, a esa gata con su espejo de soledad, y recordar que se puede salir ❤️🩹
Es increíble la forma en que describes ese consuelo que te atraviesa gracias al dolor y haces uso del cuerpo de gata como si fuese tuyo o supieras qué es ser ella, pero tu terminas siendo algo más fuerte, duradero...más real o como dirías tú: tierna. Y a la vez es un viaje crudo del amor. Es un placer leerte.